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Pedro sacudió la cabeza, extendió sus alas, abrió sus ojos, y se halló al pie de la roca y en el centro de toda la Bandada allí reunida. De la multitud surgió un gran clamor de graznidos y chillidos cuando empezó a moverse. -¡Vive! ¡El que había muerto, vive! -¡Le tocó con un extremo del ala! ¡Lo resucitó! ¡El hijo de la gran gaviota! -¡No! ¡Él lo niega! ¡Es un diablo! ¡Un diablo! ¡Ha venido a aniquilar a la bandada! Había cuatro mil gaviotas en la multitud, asustadas por lo que había sucedido, y el grito de ¡diablo! cruzó entre ellas como el viento en una tempestad oceánica. Brillantes los ojos, aguzados los picos, avanzaron para destruir. -Pedro, ¿te parecer mejor si nos marchásemos? -preguntó Juan. -Bueno, yo no pondría inconvenientes si... Al instante se hallaron a un kilómetro de distancia, y los relampagueantes picos de la turba se cerraron en el vacío. -¿Por qué será -se preguntó perplejo Juan- que no hay nada más difícil en el mundo que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo si sólo se pasara un rato practicando? ¿Por qué será tan dificil? Pedro aún parpadeaba por el cambio de escenario. -¿Qué hiciste ahora? ¿Cómo llegamos hasta aquí? -Dijiste que querías alejarte de la turba, ¿no? -¡Si! pero, ¿cómo has...?
-Como todo,
Pedro. Práctica. |
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